Mejor imposible (James L. Brooks)

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Mejor Imposible (James L Brooks)

Hollywood tiene la mala costumbre de hacer que los trastornos mentales parezcan adorables o simples «manías» graciosas. Mejor imposible (1997) es una de las pocas películas que te muestra la crudeza del bucle desde dentro.

Aunque es una comedia con momentos muy divertidos, también muestra cómo una persona puede sentirse atrapada por pensamientos y rituales que le complican la vida. La película no pretende ser un documental sobre el TOC, pero sí ofrece una buena oportunidad para entender algunos de sus aspectos más importantes.

Melvin Udall (Jack Nicholson) es un escritor de éxito forrado de dinero, pero su día a día es una cárcel milimétrica. Tiene que cerrar la cerradura de su puerta exactamente cinco veces. No pisa las grietas de las baldosas por la calle. Se lleva sus propios cubiertos de plástico al restaurante para no tocar los del local. Se lava las manos con agua hirviendo, abriendo una pastilla de jabón nueva cada vez y tirándola a la basura tras un solo uso.

Melvin no es un señor al que «le gusta la limpieza» o que es «un poco perfeccionista». Es un hombre dominado por el terror. El Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) le exige tener un control tan absoluto de su entorno que lo ha convertido en un tipo solitario, amargado y cruel con sus vecinos. Relacionarse con otras personas es impredecible, y la mente de Melvin no soporta lo que no puede controlar.

La lección del Lab

Esta película es la continuación visual perfecta al artículo de nuestra Bitácora. Melvin es el ejemplo claro de que ceder a la compulsión (hacer el ritual de cerrar cinco veces o lavarse sin parar) no te salva, te aísla.

Aunque sea una comedia romántica, el gran triunfo de la historia no es que Melvin encuentre novia. El verdadero avance llega cuando él entiende que sus «mecanismos de seguridad» son en realidad los barrotes de su celda. Empieza a tomarse su medicación y, poco a poco, se atreve a romper sus rituales para poder ayudar a su vecino y acercarse a Carol.

La lección es pura psicología: el amor no cura un trastorno clínico por arte de magia, pero tener un motivo real y valioso en tu vida te da la fuerza necesaria para empezar a tolerar la duda, dejar de hacer el ritual y enfrentarte al miedo que hay al otro lado del espejo.

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