Cuando suspendes tanto que dejas de intentarlo.

Un chico mira los libros con cara de aburrimiento, en un globo sobre su cabeza está escrito fracaso. La imagen ilustra la indefensión aprendida
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¿Por qué has tirado la toalla? Entendiendo la indefensión aprendida

Llevas varias evaluaciones suspendiendo matemáticas.

La primera vez estudiaste un poco y dolió ver la nota. La segunda vez te esforzaste más, fuiste a clases de apoyo, te quitaste horas de sueño… y volviste a suspender.

Ahora tienes el siguiente examen mañana y, en lugar de abrir el libro, llevas cuatro horas jugando a la consola.

Tus padres te dicen que eres un vago. Tus profesores creen que no tienes interés. Y quizá tú mismo hayas empezado a pensar que, sencillamente, no sirves para las matemáticas.

Pero ¿y si no fuera eso?

¿Y si después de intentarlo varias veces hubieras aprendido que lo que haces no cambia el resultado?

Eso es, en esencia, lo que trata de explicar el concepto de indefensión aprendida.

IDEA CLAVE

La indefensión aprendida no significa que no puedas cambiar una situación.

Significa que has aprendido a esperar que tus acciones no consigan cambiarla.

Lo que debes saber sobre la indefensión aprendida

La indefensión aprendida aparece cuando una persona experimenta repetidamente situaciones en las que sus acciones parecen no tener ninguna influencia sobre lo que ocurre.

El elemento fundamental no es simplemente fracasar.

Fracasar varias veces puede ser frustrante, pero no tiene por qué generar indefensión. Lo determinante es aprender que, independientemente de lo que hagas, el resultado parece estar fuera de tu control.

Imagina que suspendes un examen.

Si piensas:

sigues percibiendo posibilidades de cambio.

Pero si después de varios intentos llegas a pensar:

la situación cambia.

Ya no estás valorando únicamente el resultado del examen. Estás formando una expectativa sobre tu propia capacidad para influir en el resultado, y esa expectativa puede terminar afectando a tu motivación, a tu manera de interpretar lo que sucede y, finalmente, a tu conducta.

Cuando intentarlo deja de parecer útil

Desde fuera, la conducta puede parecer exactamente la misma que la de alguien que simplemente no quiere esforzarse.

No estudia. No insiste. No busca alternativas. Abandona.

Pero psicológicamente puede haber una diferencia enorme. Una persona puede no actuar porque no le interesa una determinada meta. Otra puede no actuar porque está cansada. Otra porque tiene miedo de volver a fracasar. Y otra porque ha aprendido que sus esfuerzos no sirven para cambiar el resultado.

La conducta observable no siempre nos permite conocer lo que está ocurriendo psicológicamente.

Por eso, llamar «vago» a alguien que ha dejado de intentarlo puede ser una explicación demasiado sencilla para un problema mucho más complejo.

¿Por qué parece que me da igual todo cuando fracaso muchas veces?

Porque la indefensión aprendida puede producir una disminución de la motivación.

Cuando una persona aprende que sus acciones no modifican los resultados, puede dejar de invertir recursos en intentar cambiar la situación. No necesariamente porque haya dejado de importarle.

Precisamente puede ocurrir lo contrario: la situación le importa, pero ha dejado de creer que pueda hacer algo al respecto.

Esto puede generar un círculo difícil de romper:

El círculo de la indefensión
Intento → fracaso → «no puedo hacer nada»
↓
Dejo de intentarlo → no cambia nada → «ves, tenía razón»

El problema es que abandonar los intentos puede terminar proporcionando una aparente confirmación de la creencia inicial.

Si no estudio porque estoy convencido de que voy a suspender, suspender después parece demostrar que tenía razón.

Pero quizá no haya demostrado que fuera imposible aprobar. Solo que la estrategia que utilicé no produjo el resultado que esperaba.

¿Es lo mismo ser perezoso que estar bloqueado?

No necesariamente. La palabra «pereza» suele utilizarse para describir una conducta: no hacer algo que requiere esfuerzo.

Pero esa conducta puede tener causas muy diferentes, puede existir falta de interés, cansancio, dificultades para organizarse, miedo al fracaso, falta de habilidades, problemas emocionales o una sensación aprendida de falta de control.

En la indefensión aprendida, la pasividad puede aparecer porque la persona ha dejado de esperar que sus acciones tengan consecuencias útiles.

Desde fuera puede parecer:

Desde dentro puede sentirse como:

Esta diferencia es importante porque las soluciones tampoco serán las mismas.

Decirle a alguien que se esfuerce más no necesariamente ayuda cuando el problema es que ha dejado de creer que el esfuerzo pueda servir para algo.

La mirada de la Psicología

El concepto de indefensión aprendida surgió a partir de los trabajos de Martin Seligman y Steven Maier a finales de la década de 1960.

En sus investigaciones, observaron que determinados organismos expuestos repetidamente a acontecimientos aversivos que no podían controlar posteriormente mostraban una menor tendencia a intentar escapar cuando sí existía una posibilidad de hacerlo.

La importancia de estos trabajos estaba precisamente en esa aparente contradicción:

La oportunidad de cambiar la situación existía, pero el organismo había aprendido que sus respuestas no eran eficaces.

A partir de estas investigaciones se desarrolló el concepto de indefensión aprendida, que posteriormente fue reformulado y ampliado.

Una de las aportaciones más importantes llegó con la teoría de la reformulación de los estilos atributivos desarrollada por Lyn Abramson, Martin Seligman y John Teasdale.

Esta reformulación puso el foco en una cuestión especialmente interesante: no solo importa lo que nos ocurre, sino también cómo explicamos lo que nos ocurre.

Cómo interpretamos nuestros fracasos puede cambiarlo todo

Cuando algo sale mal, buscamos una explicación.

«He suspendido porque no valgo para esto.»

«He suspendido porque el examen era imposible.»

«He suspendido porque no estudié de la manera adecuada.»

Aunque las tres frases hablan del mismo resultado, implican explicaciones psicológicamente muy diferentes.

El modelo atribucional clásico presta especial atención a tres dimensiones:

Interna o externa

¿La causa está principalmente en mí o fuera de mí?

Estable o inestable

¿Creo que la causa va a permanecer igual o puede cambiar?

Global o específica

¿Lo que ha ocurrido afecta a toda mi persona o a una situación concreta?

El problema aparece especialmente cuando los resultados negativos se interpretan como consecuencia de características internas, estables y globales.

Un suspenso deja entonces de significar:

y empieza a significar:

El primer pensamiento habla de un resultado, el segundo convierte ese resultado en una definición de uno mismo.

Un fracaso puede describir lo que ha ocurrido.

No tiene por qué describir quién eres.

¿Qué tiene que ver la indefensión aprendida con la depresión?

La indefensión aprendida tuvo una enorme importancia histórica en el desarrollo de modelos psicológicos sobre la depresión.

La investigación posterior mostró que la manera en que una persona interpreta los acontecimientos negativos puede influir en su vulnerabilidad a experimentar sentimientos persistentes de desesperanza, pérdida de control y baja expectativa de éxito.

Sin embargo, es importante no confundir ambos conceptos.

La indefensión aprendida no es sinónimo de depresión ni explica por sí sola un trastorno depresivo.

La depresión es un fenómeno complejo en el que intervienen múltiples factores psicológicos, biológicos y sociales.

La utilidad del concepto de indefensión está, entre otras cosas, en ayudarnos a comprender cómo determinadas experiencias de falta de control pueden modificar nuestras expectativas y nuestra manera de actuar.

¿Se puede revertir la indefensión aprendida?

Sí.

Y esta es probablemente una de las partes más importantes del concepto.

La indefensión aprendida no es un rasgo de personalidad permanente. Las expectativas pueden cambiar y la percepción de control puede recuperarse. Pero existe una dificultad: cuando una persona ha aprendido durante mucho tiempo que sus acciones no sirven, decirle simplemente «inténtalo otra vez» puede no ser suficiente.

Necesita empezar a experimentar, de manera gradual, que sus acciones sí pueden producir consecuencias diferentes.

Por eso, recuperar el sentido de control implica tanto modificar determinadas interpretaciones como volver a experimentar conductas eficaces.

Cómo romper el círculo de la indefensión aprendida

No existe una estrategia universal que funcione para todas las situaciones, pero hay algunos principios psicológicos que pueden ayudar a recuperar progresivamente la sensación de control.

1. Empieza por aquello que sí puedes controlar

Cuando todo parece estar fuera de tu alcance, intenta separar tres categorías:

No controlo
La dificultad del examen, las decisiones de otras personas o lo que ya ha ocurrido.
Puedo influir parcialmente
El resultado final, la cantidad de ayuda que busco o las condiciones en las que preparo una tarea.
Sí controlo
Cuándo empiezo, qué estrategia utilizo, qué dudas pregunto o qué pequeño paso doy ahora.

No se trata de convencerse de que puedes controlarlo todo, se trata de identificar dónde existe realmente margen de acción.

2. Busca pequeñas experiencias de eficacia

Cuando llevas mucho tiempo pensando «no puedo», intentar resolver de golpe un problema enorme puede resultar abrumador. Por eso puede ser más útil empezar con acciones pequeñas y concretas.

Ordenar el escritorio, completar un ejercicio sencillo, estudiar durante un periodo breve o pedir ayuda sobre una duda específica pueden parecer acciones insignificantes, pero tienen una función importante: permiten comprobar mediante la experiencia que una conducta puede producir una consecuencia.

No se trata de acumular «victorias» para sentirte mejor, se trata de volver a establecer la conexión:

Hago algo → ocurre algo diferente.

3. Revisa la explicación que estás dando al fracaso

Cuando algo sale mal, detente antes de convertir el resultado en una conclusión sobre tu identidad.

En lugar de:

pregúntate:

La pregunta es mucho más útil porque no busca una excusa ni una culpabilidad automática.

Busca información que permita actuar.

4. Cambia de estrategia cuando una estrategia no funciona

Uno de los riesgos de la indefensión es confundir: «Esto no ha funcionado» con «Nada funcionará».

Son afirmaciones completamente diferentes.

Si estudiar haciendo resúmenes no está funcionando, quizá sea necesario practicar ejercicios, pedir una explicación diferente, estudiar con otra persona o cambiar la manera de distribuir el tiempo.

Cambiar de estrategia no significa rendirse.

A veces, insistir no consiste en hacer lo mismo durante más tiempo, sino en probar algo diferente.

5. Pide ayuda cuando el problema supera tus recursos

Recuperar la sensación de control no significa tener que hacerlo todo solo. Un profesor, un familiar, un amigo o un profesional de la psicología pueden aportar información, estrategias o apoyo que modifiquen las condiciones en las que estás intentando resolver el problema.

Pedir ayuda también puede ser una forma de recuperar el control.

Una idea para llevarte

La próxima vez que veas a alguien que ha dejado de intentarlo, quizá merezca la pena preguntarse qué hay detrás de esa conducta antes de llamarlo «vago», «desinteresado» o «incapaz».

Y si eres tú quien ha empezado a pensar que ya no merece la pena intentarlo, recuerda algo:

La indefensión aprendida no te dice que no puedas cambiar las cosas.

Te hace esperar que no puedas cambiarlas.

Y esas dos cosas no son lo mismo.

Comprender esa diferencia no resuelve automáticamente el problema, pero puede ser el primer paso para volver a preguntarte algo que la indefensión había conseguido que dejaras de hacer:

«¿Qué sí puedo cambiar?»

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