Twisted 3 Hate (Ana Huang)

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Portada de libro Twisted 3 Hate de Ana Huang

¿Te suena esa típica dinámica de dos personas que se pasan el día tirándose pullas, discutiendo por la mínima tontería y mirándose con cara de pocos amigos, pero que en el fondo todo el mundo en la habitación sabe lo que hay? Ese es el ring de boxeo en el que viven Josh y Jules. Él estudia Medicina, ella Derecho; los dos son unos capos en lo suyo, tienen el ego por las nubes y se caen rematadamente mal.

Hasta que un día la tensión revienta y deciden hacer el clásico pacto que nunca en la historia de la humanidad ha salido bien: «nos liamos, pero con normas. Cero celos, cero explicaciones y estrictamente prohibido pillar sentimientos». El libro es un salseo adictivo para ver quién muerde el polvo primero. Pero lo bueno empieza cuando rascas la pintura de los dos: debajo de tanto vacile y tanta frialdad calculada, lo que te encuentras son dos personas con unas mochilas del pasado de quince kilos, utilizando el sexo y el conflicto como barrera de seguridad para que nadie les vea de verdad.

Ponerle «normas» a una relación para intentar no sufrir es como intentar tapar el sol con un post-it. Nos creemos súper listos diciendo «yo esto lo controlo, a mí no me va a pillar», pero el cariño no entiende de contratos firmados en una servilleta de bar. Ir de duro por la vida te protege, sí, pero también te aísla. Bajar la guardia da muchísimo vértigo —sobre todo si ya te han roto antes—, pero la única manera de que alguien te quiera de verdad es dándole el poder de hacerte daño y confiar en que no lo va a usar.

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