
¿Te ha pasado alguna vez que ves una foto tuya de cuando estabas en segundo o tercero de la ESO y te da una mezcla rarísima entre nostalgia, vergüenza ajena y unas ganas inmensas de abrazar a ese chaval? De eso va exactamente Teníamos 15 años.
El planteamiento es un clásico: una cena de antiguos alumnos del instituto tiempo después. Ya sabes, el territorio oficial del postureo para ver quién ha triunfado más, quién se ha quedado calvo y quién disimula mejor que su vida es un desastre. Pero a Nando López no le interesa la foto de grupo sonriendo; le interesa lo que pasaba por debajo de la mesa cuando tenían quince años. El libro salta de forma constante entre aquella época y la noche del reencuentro, demostrando que debajo de las «primeras veces» también había acoso, miedo a no encajar, armarios cerrados con llave y silencios que se tragaron siendo unos críos y que hoy, de adultos, todavía les escuecen. Es una radiografía sobre el peso de la memoria.
Solemos mirar a nuestro «yo» del pasado con muchísima crueldad: nos da cringe cómo nos vestíamos, lo que publicábamos o lo tontos que fuimos por mendigarle atención a gente que no nos trataba bien. Pero este libro te recuerda una verdad sagrada: a los quince años nadie tiene un manual de instrucciones; haces lo que puedes con lo poco que sabes para sobrevivir al recreo y que no te dejen solo. Reconciliarte con tu pasado no significa que te parezca bien todo lo que hiciste, significa mirar a ese adolescente asustado y decirle: «Tranquilo, la cagamos bastante, pero nos sacaste de allí». Deja de pedirle cuentas de adulto a un niño de quince años.
