
¿Qué pasa por tu cabeza cuando el sitio que se supone que debe protegerte se convierte en el lugar del que tienes que salir corriendo para no morir? Esa es la bofetada de realidad que te da Refugiado. El libro entrelaza a tres chavales en tres momentos históricos límite: Josef escapando de los nazis en 1938, Isabel subiéndose a una balsa en la Cuba del 94 y Mahmoud huyendo de la Siria de 2015.
Lo potente de esta historia no es la clase de geografía, es la asfixia. Es capturar el segundo exacto en el que a un adolescente le ponen el contador de la infancia a cero y le obligan a tomar decisiones de adulto porque de su pulso depende que su familia amanezca viva al día siguiente. Ninguno de los tres quiere ser un héroe de novela de aventuras; solo quieren algo que tú y yo damos por sentado cada martes: un techo que no se vaya a caer mientras duermen.
Solemos pensar que la capacidad de resistir es una especie de «superpoder» con el que se nace, pero este libro te demuestra que la resiliencia es, en realidad, puro instinto de conservación activado por el pánico. Te enseña que ser valiente no es que no te tiemblen las piernas, es dar el siguiente paso aunque estés aterrorizado. Y lo más importante: te calibra la empatía. Te recuerda que detrás de la etiqueta de «refugiado» que sale en un telediario de fondo, hay un chaval que hace un mes estaba agobiado por un examen de matemáticas o discutiendo con su madre por no recoger el cuarto.

