
¿Te ha pasado alguna vez que te pones una armadura tan gruesa para ir a clase o al curro que acabas pareciendo un borde, cuando en realidad solo estás asustado? Ese es el punto de partida de Iris y Roman.
Ella tiene la vida familiar desmontada (su hermano ha desaparecido en una guerra entre dioses y su madre no levanta cabeza), así que hace lo que hacemos muchos cuando el mundo se nos cae encima: obsesionarse con el trabajo para no tener que pensar. Su gran meta es conseguir un ascenso en el periódico, pero para lograrlo tiene que pasar por encima de Roman, su archienemigo de redacción.
La fantasía del libro entra con una máquina de escribir mágica que hace que se envíen cartas anónimas. Y aquí viene el cruce de cables: mientras en la oficina se tiran a dar y compiten como animales, por carta se cuentan sus miedos más profundos y se acaban pillando el uno del otro. Es una radiografía de lo fácil que es odiar la «fachada» de alguien y lo imposible que resulta no querer a esa misma persona cuando se atreve a bajarse el escudo.
Solemos juzgar a la gente por sus escudos. Si alguien va de arrogante, de hipercompetitivo o de distante, le ponemos la etiqueta de «imbécil» y cerramos el archivo. Pero este libro te recuerda una verdad incómoda: casi toda la hostilidad que ves en los demás no tiene que ver contigo, es solo el tamaño del miedo que llevan dentro. Es infinitamente más fácil ser vulnerable detrás de una pantalla (o de una carta anónima) que mirando a alguien a los ojos, pero la conexión real, la que te cambia la vida, solo ocurre cuando tienes el valor de quitarte el traje de rival en el mundo físico

