Te rompo las piernas para que no te vayas:
El terror de la posesión en Misery
Misery es, en la superficie, una película de terror claustrofóbico: un escritor famoso tiene un accidente en la nieve y es rescatado por su «fan número uno», una enfermera llamada Annie Wilkes. Pero lo que empieza como un cuidado devoto se convierte en un secuestro terrorífico cuando ella descubre que el escritor planea matar a su personaje favorito en su próximo libro.
Desde el laboratorio, esta película es una radiografía brutal de la diferencia entre amar y poseer. Annie no admira realmente al escritor; lo necesita para rellenar su propio vacío. Cuando su mundo de fantasía se ve amenazado, el pánico a quedarse sola la empuja a la violencia. El famoso (y escalofriante) momento en el que le fractura los tobillos con un mazo es la metáfora definitiva del control tóxico: destrozar a la otra persona, quitarle su independencia y hacerle daño para asegurarte de que nunca podrá abandonarte.
Pero hay otra capa fascinante. Stephen King confesó que Annie es, en realidad, una metáfora de su propia adicción. Ella representa ese hábito destructivo que te aísla del mundo, que te promete «cuidarte» cuando estás vulnerable, pero que en realidad te mantiene secuestrado, destruyendo tu cuerpo y tu mente para que no puedas escapar.
Además, Misery rompió moldes gracias a Kathy Bates. Su personaje da tanto miedo precisamente porque no parece un monstruo; tiene el aspecto de una mujer común, alguien en quien confiarías. Su elección fue un bofetón a los estándares de belleza de Hollywood, demostrando que el talento y la complejidad de una mujer no caducan a los 40 años ni dependen de encajar en el canon de la «rubia perfecta».
Una obra maestra que nos asfixia para enseñarnos algo vital. Nos recuerda que el control absoluto y la obsesión son el disfraz favorito del miedo, y que los monstruos más peligrosos no son los que tienen garras, sino los que te encierran con la excusa de que te están cuidando.

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