
Brujería para chicas descarriadas, de Grady Hendrix, es un viaje salvaje. Nos traslada a los años 80 para conocer a Abby y Gretchen, dos amigas inseparables cuya relación se convierte en una pesadilla cuando Gretchen empieza a actuar de forma aterradora tras una noche en el bosque. ¿Es una posesión demoníaca o simplemente la pubertad?
El libro usa el terror sobrenatural como una metáfora perfecta de algo muy real: lo solos e incomprendidos que se sienten los jóvenes cuando están pasando por una crisis.
Los adultos de la novela ven los cambios de Gretchen (aislamiento, agresividad, higiene descuidada) y, en lugar de intentar entender qué le pasa, deciden que es una «chica descarriada» que necesita disciplina o castigos. La etiquetan como «el problema» para no tener que lidiar con el dolor que esconde.
La única que se niega a rendirse es Abby. A pesar de que su amiga la trata fatal, Abby intuye que hay algo oscuro devorándola por dentro. La novela nos recuerda lo vital que es tener a alguien que no te abandone cuando te conviertes en la peor versión de ti mismo. Nos demuestra que, a veces, la agresividad y el aislamiento no son rebeldía, sino un grito de auxilio de alguien que está aterrorizado y no sabe cómo pedir ayuda.
Un libro de terror que es, en el fondo, una carta de amor a la amistad incondicional. Nos enseña a mirar más allá del mal comportamiento y a no soltar la mano de nuestros amigos cuando más perdidos están, porque es justo en ese momento cuando más necesitan que alguien crea en ellos.

